PRIMERA ASCENSIÓN EN INVIERNO DEL CORREDOR NORTE DEL ESPIGÜETE
40 AÑOS DESPUES
Antes de que el Club de Montaña Espigüete existiera oficialmente con sus flamantes Estatutos, habíamos descubierto la Montaña Palentina, allá en la lejanía más distante de la provincia de Palencia; en invierno y en días claros, adivinábamos más que veíamos, desde el Monte El Viejo, unas altas montañas nevadas.
La entrada natural a las montañas era por Guardo, Boardo como le llamaron los romanos, que significaba “hacia lo arduo”, lo peligroso, lo difícil.
Una vez descubiertas, comprobamos que aquel lugar era espacio para la aventura, la admiración, la sorpresa, lo que nos exigía una juventud con ganas de llenar los días de sensaciones nuevas. Antes, mucho antes, habíamos medido a “golpe de calcetín” las cuestas y los senderos del Monte el Viejo, ese espacio vital en que cada palentino se siente dueño y señor y que cuidamos con veneración.
Unos mas que otros, habíamos recorrido en verano la montaña, y habíamos subido a sus altas cumbres, y sabíamos, si era necesario, usar una cuerda, montar un papel y hacer nudos imposibles de deshacer.
Pero la nieve tiene un atractivo especial que cautiva y arrastra.
Y llegó esta fiesta tan especial para los palentinos del día 2 de Febrero, año de 1967, la Virgen de la Calle, Patrona de la ciudad, donde además de aprovechar para la inevitable visita a Valladolid de algunos, o la salida a la montaña de otros, antes o después del viaje se visitaba a la Patrona en su Santuario, como gesto de respeto y veneración. Yo así lo recuerdo.
Un grupo de 20 personas, aproximadamente, en un pequeño autobús nos llegamos hasta el Valle de Mazobres, entre los dos Cardaños. La mañana era espléndida, sol rutilante y mucha nieve caída seguramente el día anterior. Eran las 11 de la mañana, un poco tarde para lo que pensábamos hacer. Un grupo reducido íbamos dispuestos a intentar subir a la cumbre del Espigüete por el corredor norte, única vía conocida por mí, hecha en verano. Llevábamos cuerda y algunos piolets, si hubieran sido necesarios crampones, que no llevábamos, nos hubiéramos dado la vuelta, pero la nieve permitía ascender con una buena huella, aquí abajo, en el valle, mas arriba ya veríamos.
Al grupo previsto inicialmente, se unirían sobre la marcha, Lauro Vicente de 62 años, gran andarín y Ernesto Diez, mucho más joven y también buen andarín. Nos acompañarían hasta el punto que considerasen máximo. Su equipo era deficiente. El del resto del grupo no era mucho mejor, lo que en esos años se llevaba. Rebasaba la Sima del Anillo la nieve acumulada era mucha. Cruzamos con cuidado los puentes que forma la nieve sobre las grietas y hoyos en el tramo hasta meternos en el Corredor. El regreso para los dos añadidos ya no era posible, y en evitación del posibles contingencias en del descenso, tuvieron que seguir con el grupo.
Ya no veríamos el sol hasta asomarnos a la línea de cumbres, 3 ó 4 horas mas tarde. Recuerdo con nitidez la bajísima temperatura que soportamos en el Corredor, ya que la abundante nieve en polvo y con la inclinación, el grupo tan numeroso avanzaba muy despacio y estábamos calados desde la Sima del Anillo. Era un verdadero congelador.
Hasta rebasar el embudo – paso estrecho y muy inclinado -, fué muy duro y comprometido por el esfuerzo en abrir huella muy profunda y por el frío. En esta vía – corredor no da el sol en invierno.
Al otro lado ya, la nieve mas consistente nos permitió una parada para reponer fuerzas, hacer unas fotos y tomar unas bolitas de vitamina y polen que llevaba Tanis Aguado y que recibía de Suiza de su hermano allí residente. Esta alimentación era precursora de los liofilizados y barritas energéticas y sustitutos de la clásica y socorrida lata de foie – gras, de las sardinas y de la leche condensada. También tomamos cosas más consistentes.
El ascenso desde aquí fue menos exigente, ya que la huella era menos profunda y se suavizaba la inclinación, además, como especial ánimo teníamos por encima de nosotros la referencia del sol que iluminaba en lo alto de la montaña, todavía muy por encima de nosotros, la línea de cumbres. Una hora más tarde alcanzábamos la cumbre principal, con la emoción contenida de haber salido de aquel agujero blanco, en que se había convertido nuestra experiencia en las últimas horas.
El sol templó nuestro cuerpo y nuestro ánimo, no así nuestros pies calados, sin ser conscientes todavía, de que habíamos alcanzado los primeros, en invierno, y por esta ruta la cumbre, seguramente porque callábamos que todavía nos faltaba descender. Comimos y nos distendimos largo rato, viendo como el sol declinaba ya rápidamente por el espinzo oeste de la montaña.
Al iniciar el descenso por la cara sur la nieve estaba en buenas condiciones; crujía la capa superior pero hacíamos buena huella, y alguno se confió en exceso hasta que un peligroso resbalón nos alerto del extremo cuidado que había que poner en al bajada, siempre mucho mas peligrosa que en la ascensión. La primera parte también es muy inclinada, y convenía salir en largos casi horizontales, aprovechando bien la huella, hasta salvar los primeros 100 metros; luego avanzaríamos más rápidos y más confiados, pues por debajo nuestro ya divisábamos, con poca luz, la horizontal del valle de Río Chico.
Ya entre dos luces alcanzábamos la cota de los 1700 metros; se acabaron las paredes inclinadas y la mucha nieve y entrábamos en un terreno de brezos y menos nieve que nos desesperaría y acabaría con nuestras ya escasas fuerzas.
Estábamos también preocupados por la larga espera a la que habíamos sometido al resto del grupo.
Avanzábamos ya de noche cerrada en dirección a Cardaño de Abajo, a campo a través, uno detrás de otro, en silencio y ensimismados en lo vivido hace unas horas, y siguiendo el camino mas recto, aunque fuera mas complicado y hacía unos puntos de luz, lejanos, que titileaban en la distancia.
Noche cerrada ya y muy cansados llegábamos a Cardaño de Abajo. Como suponíamos, el grupo nos esperaba impaciente y muy preocupados, en la casa de Pepe y Nati. Después de contar nuestras peripecias, regresamos a Palencia.
Miguel Ruiz Ausin
Participantes
Estanislao Aguado
Ernesto Diez Espina
Luis González
Julio Maíquez
Ángel Ramos Muñoz
Miguel Ruiz Ausin
Lauro Vicente
CUARENTA AÑOS DESPUÉS…
Para ser más exactos, cuarenta y un años y ocho días, han separado dos gestas montañeras emblemáticas, a una considerable distancia en el tiempo pero con idéntica meta y el mismo objetivo: “hacer cumbre en el Espigüete por la cara Norte y en invierno … ¡ casi nada!.
Dos de Febrero de 1967
Una vieja pero entrañable fotografía decora una de las paredes de la sede del Club, en la que aparecen en plena “faena” aquellos seis intrépidos alpinistas más el fotógrafo que estaba detrás del objetivo lógicamente y que era Estanislao Aguado : Miguel Ruiz Ausín, Angel Ramos, Julio Máiquez, Luis González, Ernesto Diez y Lauro Vicente, el más veterano.
Según cuentan, no pensaban atacar la cumbre sino subir hasta donde la nieve y el “equipamiento” lo permitiese, sobre todo los dos últimos componentes. Pero una vez en el “tajo” la cosa se fue animando y llegó un momento en que la retirada y el descenso no eran aconsejables, por lo que encomendándose a todos los santos - suponemos – lograron culminar la aventura, ( 2450 m.), aunque calados desde los primeros tramos, por aquellas paredes que eran un auténtico congelador, sin crampones y con unos piolets cuyo manejo debía ser un calvario. El descenso por la cara sur los condujo a Cardaño de Abajo ¡cerrada ya la noche!. En fin, una hazaña para figurar en los anales montañeros que se precien. Ellos fueron los primeros en ascender por esta vía en pleno invierno.
Ocho de Febrero de 2008
Para conmemorar aquella singular aventura cuarenta años después y añadir una actividad especial al calendario del Club, se pensó realizar, rememorar, revivir aquella fantástica experiencia, repitiendo la misma ascensión y en época invernal. Esta vez fueron veintiuno los protagonistas , con la debida programación, el equipo adecuado y las presumibles máximas garantías para acometer la empresa : ropa aislante, polainas, piolets, botas rígidas, crampones, bastones, casco, arnés …y sobre todo el consejo, la técnica, la ayuda constante, la guía, en una palabra del “Angel de la Guarda” Leo Escudero. Siguiendo sus huellas, subieron los socios Víctor Emperador, Julián Caballero, Fernando Pollos, Pelayo González, Angel Ramos (único repetidor del año 1967) y las intrépidas , las valientes Ana Mayordomo y Carmen Fuente. No pudo participar Miguel R. Ausín impedido por un proceso gripal que, si siempre es desagradable esta vez fue además inoportuno. También participaron varios miembros del grupo de “Guías de Montaña” que prepara Leo, entre los que sen encontraban otras dos mujeres así como Alfonso Abad que se encargó del filmar en vídeo la ascensión.
El día fue espléndido, la nieve propicia (dentro de su lógica dificultad) y a primera hora de la tarde consiguieron la cumbre, la meta anhelada y programada con ilusión. Tuvimos la suerte de contemplarlos en pleno esfuerzo desde una cumbre cercana, como una lejana hilera oscura en zigzag por la blanca y escarpada pendiente y comprobar su lento pero constante progreso hacia la cima, incluso comunicándonos con ellos y sabiendo de su experiencia sobre la marcha y el terreno.
Imagino que cuando llegó a la meta, Angel Ramos, nuestro Presidente, sentiría un especial sentimiento en su interior y se le pondría “de gallina” la piel del recuerdo al repetir la aventura y el éxito tantos años más tarde y daría gracias al cielo, que ahora tenía 2450 metros más cerca que de costumbre…Y es que ¡está como un chaval !
En fin, 8 de Febrero de 2008, es una fecha para recordar en el “Club Espigüete” y un motivo para decir ¡¡Enhorabuena valientes ¡!
Luís Antonio Gutiérrez |